Por Liliana Fuentes
Dice el juez Daniel Rafecas en el comienzo del prólogo: “Conozco a David Galante desde hace uno años, pues compartimos actividades en el Museo del Holocausto de Buenos Aires. Siempre me impactó especialmente su testimonio, transmitido en forma oral a los alumnos que acuden a escucharlo. Su mirada, propia de uno de los hombres más sabios que conozco, invitan a uno a poner en perspectiva, en una larga perspectiva, todos los problemas cotidianos con los que cada uno está acostumbrado a lidiar.
Un joven vive, a mitad del siglo XX, en una isla del Egeo, Rodas, que desde 1912 estaba bajo bandera italiana. Estudia, trabaja, se divierte, disfruta de la ternura y la contención de los suyos. Su vida transcurre bajo el sol del Mediterráneo, junto con sus padres y hermanos, perfectamente integrado a un medio social que parece imitar la armonía del entorno natural. Los Galante y las demás familias de la comunidad serfardí de Rodas se lo ganaron tras casi cinco siglos de estancia en la isla. Hay incluso una academia rabínica que es su orgullo. Conviven en paz con turcos y griegos; cristianos y musulmanes.
Un día aparecieron las primeras nubes negras en el horizonte. El fascismo italiano impone en 1938 leyes racistas que forzaban a los judíos a segregarse del medio social que los rodeaba. Las nubes comenzaron a avanzar. En septiembre de 1939 se desencadena la guerra en Europa, que se transforma en las primeras dificultades económicas y en carestía de bienes básicos. En septiembre de 1943 los alemanes ocupan Rodas. La oscuridad no cesó en su avance, al contrario, la velocidad con la que todo lo cubrió tomó por sorpresa a esa comunidad.”
Todo lo que se relata en el libro es tan interesante, que se hace difícil elegir párrafos determinados para transcribir. Cabe aclarar que David Galante llegó al campo junto con su hermano Moshe, sus padres y sus hermanas Rosa, Juana y Matilde (fotografía). El y su hermano sobrevivieron, los demás fueron víctimas de la enajenación nazi y terminaron su vida en el humo negro de los hornos. A continuación un párrafo bajo el título:
Para un lado, para el otro
“David pasó frente a la mirada de un grupo de médicos que al verlo joven y sano lo enviaron junto a quienes con su trabajo deberían ocuparse del mantenimiento del campo o colaborar en algunas de las fábricas que allí funcionaban. Tenía dieciocho años, medía 1,75 de estatura y pesaba 60 kilos. De los 1600 judíos de Rodas que entraron en Auschwitz esa mañana, se calcula que 1200 entraron directamente a las cámaras de gas, entre ellos papá Abraham y mamá Rebeca. Los otros 400 fueron derivados a realizar distintas tareas forzadas.
Unos pasos adelante y luego de haber sorteado la “selección” un funcionario del ejército tomó sus datos y lo envió a ponerse en una fila. David y Moshe estaban aterrados. No tenían idea de lo que estaría pasando con sus padres y hermanas, pero lo presentían de alguna manera. Rosa, Juana y Matilde fueron con el grupo de las mujeres al otro lado del campo. David entendió que habían pasado la selección y durante mucho tiempo creyó reconocerlas a través de las alambradas. Peladas y escuálidas, todas las mujeres se parecían. Incluso creyó entender que una de ellas lo había reconocido y le devolvió el saludo. Años más tarde una amiga en común le confesó que pasada la selección las mujeres jóvenes recibieron un baño y fueron peladas. En esa circunstancia, se notó que muchas de ellas estaban más débiles de lo que se pensaba y decidieron enviarlas a las cámaras de gas. Rosa, Juana (que inexplicablemente pasó la primera selección) y Matilde fueron subidas a un furgón y nunca más nadie las vio con vida. No eran sus hermanas a quienes David creyó identificar, sino al deseo de imaginarlas y encontrarlas aún con vida que se desdibujaba tras los alambres desparejos.
David y Moshe con un grupo de jóvenes de Rodas ingresaron en una oscura barraca. Uno a uno fueron pasando a un consultorio y con una aguja esterilizada le grabaron un número en su brazo izquierdo. El número con el que intentaron reemplazar su nombre e identidad: B7328; el número que hasta hoy David enfrenta cada mañana al despertar. A Moshe le tocó el número siguiente B7329. A partir de que se estaba en posesión de un número, se dejaba de ser una persona con nombre y apellido para pasar a ser ese número. De ahora en más para llamar a David todos deberían pronunciar B7328. No más David Galante, sólo un número. No tenía más nombre ni apellido y nadie se iba a preocupar por saber si alguna vez los tuvo. Eso no era importante. Lo importante era que B7328 se dedicara a realizar sus tareas hasta que la cámara de gas hiciera su trabajo. Mientras tanto le sería concedido el beneficio de la vida, sólo por un tiempo más. Sólo mientras le quedara algo de fuerza en su cuerpo. Dentro del objetivo que los prisioneros perdieran toda estima por su persona, la supresión de la identidad era un paso fundamental. David tenía su número y era un poco menos persona. Esa era otra de las bienvenidas que Auschwitz les tenía preparada. Bienvenido a Auschwitz.”
Dice David Galante en otro tramo del libro bajo el título:
Un brillo particular en los ojos
“Una de las cosas que más me impresiona en el recuerdo, viene de los últimos días en el campo. Ver a compañeros en estado esquelético. La forma de la cabeza era prácticamente la del cráneo sin ningún relieve, como si la piel estuviera adherida al hueso y los ojos hundidos; era como ver a un esqueleto caminando. Recuerdo haber visto en muchos de ellos un brillo especial en sus ojos. Ojos vidriosos que anunciando la muerte. Ojos de condenados sin ninguna salvación. Recuerdo haber visto ese brillo en muchos ojos y en todos los casos la muerte sobrevenía a las pocas horas sin remedio. Sabía que no pasaría más de una noche.
Al ocultarse el sol, nos dirigíamos a los camastros, seis o siete allí tirados, y aquellos con los ojos brillosos, amanecían muertos por la mañana. Nos despertábamos, nos íbamos levantando lentamente y había uno o dos que no se levantaban. Ya sabíamos que no se despertarían. Nos gustaba imaginar que habían muerto durmiendo por la noche, tal vez en un dulce sueño, un dulce final, alejados de esta realidad que nos tocaba vivir. Era como convivir con muertos. Personas condenadas de manera irremediable, que lucían en la piel el traje de la muerte.
La enfermería era una barraca con capacidad para 150 a 200 camas. Las literas estaban superpuestas en dos pisos y adosadas por pares constituyendo así grupos de cuatro literas. Tenían un colchón de paja o estopa, un trapo mugroso llamado sábana y una manta en las mismas condiciones con sus piojos incorporados para no desentonar.
Roberto Benveniste habías venido de Rodas conmigo y lo encontré en esos últimos días en la enfermería. Estaba flaco, demacrado y se sorprendió al verme. Yo ya estaba haciendo el camino inverso de la recuperación, pero él parecía extinguirse, como la llama de una vela. Traté de acompañarlo en esos últimos días, le conseguí comida y abrigo, pero su destino era irreversible. Me acuerdo de él en Rodas, su padre era vidriero. Tenía un negocio de vidrios en la judería. Hablamos bastante durante esos últimos días.
Mi cama estaba en la parte superior, y adosada a mi derecha estaba la cama de Corrado Saralvo, un ingeniero de Milán que estaba moribundo y con el que nos mantuvimos juntos los últimos días hablando en italiano. Durante varias noches lo toqué despertándolo porque parecía que no respiraba. Afortunadamente no fue así. Por esos días ya me sentía mejor así que recuerdo haberme vendado los pies con papel higiénico ordinario y envuelto encima con unos trapos, para poder calzarme y de esta forma salir a incursionar en busca de comida. En una de estas incursiones conseguí un tesoro increíble: una cajita con cuarenta saquitos de té. Empecé a darles varias tazas al día a ambos. Al italiano el té parecía hacerle muy bien. Empezaba a reponerse. Era un ingeniero de unos cuarenta y cinco años que había trabajado en una fábrica de armamentos de Milán. A pesar de que el mismo Conde Ciano había intercedido por él, igualmente había sido deportado a Auschwitz. Me agradeció toda su vida por esos saquitos de té. Siempre me dijo que sentía reponerse con cada sorbo de la infusión. Su vida empezó a recomponerse allí. En cambio a Roberto Benveniste lamentablemente no lo ayudó. Una mañana al levantarnos lo encontramos muerto. Sabía que eso sucedería desde la noche anterior en que noté ese brillo en sus ojos. Nada más se pudo hacer por él”.
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