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El legado de la historia
HANNAH ARENDT Y LA DOMINACIÓN TOTALITARIA (segunda y última parte)
COMO SI NUNCA HUBIERAN EXISTIDO
Una característica medular y al mismo tiempo escalofriante del totalitarismo es la categoría del “enemigo objetivo” que emplea para aniquilar a quienes se oponen a sus designios. Cualquiera puede ser considerado por el gobierno totalitario un “enemigo objetivo”, al margen de su cercanía o lejanía del régimen.
Por Hernán Kruse
Es el propio gobierno totalitario el que decide quién es “enemigo objetivo” y quién no lo es. Arendt describe magistralmente cómo actúa el totalitarismo en esta cuestión: “Nunca es un individuo cuyos peligrosos pensamientos tengan que ser provocados o cuyo pasado justifique la sospecha, sino un “portador de tendencias” como el portador de una enfermedad. Prácticamente hablando, el gobernante totalitario procede como un hombre que persistentemente insulta a otro hombre hasta que todo el mundo sabe que el segundo es su enemigo, así que puede, con alguna plausibilidad, ir a matarle en defensa propia” (1). En consecuencia, cualquiera puede ser visualizado por el gobierno totalitario como el portador de tendencias nocivas para el régimen.

La noción de enemigo objetivo hace a la esencia del totalitarismo. No se trata de una cuestión de odio a los judíos, por ejemplo, ya que si ello fuera así aquella noción se esfumaría apenas el régimen totalitario hubiera exterminado a todos los judíos. En este supuesto dicho régimen estaría en condiciones de retornar a la democracia. Sin embargo, ocurre lo contrario. El exterminio de los primeros enemigos ideológicos declarados por el gobierno totalitario no conduce a la eliminación de la noción de enemigo objetivo. Por el contrario, ésta continúa vigente para ser aplicada a los próximos enemigos declarados como tales por el gobierno totalitario. El nazismo y el bolchevismo lo han puesto perfectamente en evidencia. “(…) los nazis, previendo la conclusión del exterminio de los judíos, habían dado ya los pasos preliminares para la liquidación del pueblo polaco, mientras que Hitler proyectaba incluso diezmar a ciertas categorías de alemanes; los bolcheviques, habiendo empezado con los descendientes de las antiguas clases dominantes, dirigieron todo su terror contra los kulaks (en los primeros años de la década de los años 30), que a su vez fueron sucedidos por los rusos de origen polaco (entre 1936 y 1938), por los tártaros y los alemanes del Volga, durante la guerra, por los antiguos prisioneros de guerra y las unidades de las fuerzas de ocupación del Ejército Rojo después de la guerra y por la judería rusa tras el establecimiento de un Estado judío” (2). La noción de enemigo objetivo, enfatiza Arendt, es perfectamente funcional a la concepción del totalitarismo como un movimiento que necesita constantemente crear enemigos objetivos para legitimar su dominación totalitaria.

En el totalitarismo la Policía secreta se limita a obedecer las órdenes del jefe totalitario. Sólo él está legitimado para decidir en el futuro quiénes engrosarán la lista de los enemigos objetivos y quiénes formarán parte de aquella fuerza secreta. Al no estar facultada para provocar carece del único medio para actuar independientemente del gobierno totalitario. A raíz de ello, ha pasado a constituir un apéndice de las más altas autoridades. Se asemeja a los ejércitos de los gobiernos no totalitarios, limitados a ejecutar la política gubernamental. Lejos de centrar su atención en el descubrimiento de los delitos, la Policía totalitaria debe estar siempre disponible para detener a quienes son los “enemigos objetivos” del régimen totalitario. La gran ventaja que posee es que goza de la más absoluta confianza del poder supremo y sabe, en virtud de ello, qué estrategia política ha de ser aplicada.

En los regímenes totalitarios la Policía secreta dispone de una precisa información sobre la población. En efecto, sus miembros son depositarios de los secretos más relevantes del poder totalitario, lo que supone un aumento de su prestigio como institución secreta estatal y de su ubicación en la estructura de poder, aunque ello implique en la práctica una disminución de su poder real. En otros términos: la Policía totalitaria no es más que el órgano ejecutor de la voluntad del jefe.

En los regímenes totalitarios la sospecha de un delito es sustituida por su posibilidad. Estamos en presencia de uno de los caracteres más aterradores del totalitarismo. Arendt así lo explica: “El delito posible no es más subjetivo que el enemigo objetivo. Mientras que el sospechoso es detenido porque se le considera capaz de cometer un delito que más o menos encaja en su personalidad (o en su sospechada personalidad), la versión totalitaria del delito posible está basada en la anticipación lógica de los desarrollos objetivos (…) La presunción central del totalitarismo de que todo es posible conduce así, a través de la eliminación consistente de todos los frenos de hecho, a la absurda y terrible consecuencia de que debe ser castigado cada delito que los gobernantes puedan concebir, sin tener en cuenta si ha sido o no ha sido cometido. El delito posible, como el enemigo objetivo, queda luego más allá de la competencia de la Policía, que nunca puede descubrirlo, inventarlo o provocarlo. También aquí dependen enteramente los servicios secretos de las autoridades políticas. Ha desaparecido su independencia como un Estado dentro del Estrado” (3). La paranoia de los gobernantes totalitarios determina que tal grupo seguramente cometerá tal delito y, si ello acontece, la estabilidad del movimiento estará en juego. Conclusión: tal grupo debe ser severamente castigado por el posible delito que cometerá.

La Policía secreta constituye la genuina rama ejecutiva del gobierno por cuyo intermedio son transmitidas las órdenes. Sus agentes secretos configuran una densa e impenetrable red de información completamente independiente del resto de las instituciones gubernamentales. Constituyen, por ende, la genuina clase dominante dentro del movimiento totalitario y sus normas y escalas de valores determinan a la sociedad totalitaria en su conjunto. En consecuencia, algunas de las cualidades típicas de la Policía totalitaria también lo son de la sociedad totalitaria. La categoría de sospechoso, por ejemplo, abarca a todos los miembros de la población, lo que significa que cualquiera está en la mira del gobierno totalitario. Dice Arendt: “(…) cada pensamiento que se desvía de la línea oficialmente prescrita y permanentemente cambiante es ya sospechoso, sea cual fuere el campo de actividad humana en que suceda. Simplemente por su capacidad de pensar, los seres humanos son sospechosos por definición (…)” (4). La libertad de pensar es enemigo mortal del totalitarismo. El hombre sólo es confiable para el totalitarismo cuando se ha transformado en una oveja que sólo reacciona ante las órdenes de su pastor. Cuando alguien esboza un pensamiento personal entra en la categoría de “sospechoso”. La delación se transforma en “ley” y todos desconfían de todos.

El totalitarismo elimina de cuajo la antigüedad y el mérito. De esa forma “impide el desarrollo de las lealtades que normalmente ligan a los miembros jóvenes de un cuerpo con sus mayores, de cuya opinión y buena voluntad dependen sus ascensos; barren de una vez por todas los peligros del paro y aseguran a todo el mundo un puesto compatible con su preparación” (5). Quien obtiene un puesto de trabajo a raíz de la injusta eliminación de su predecesor se transforma en un cómplice consciente de los crímenes gubernamentales, “de los que es beneficiario tanto si le gusta como si no le gusta, con el resultado de que, cuanto más sensible resulte ser el individuo humillado, más ardientemente defenderá al régimen” (6).

Arendt reserva para el final el carácter más terrible y espeluznante del totalitarismo: la desaparición de los indeseables. Éstos no dejan rastro alguno sobre la faz del planeta. Sólo dejan como rastro de su existencia el recuerdo de quienes los conocieron y amaron. Precisamente uno de las tareas más difíciles de la Policía secreta es borrar estos recuerdos. Las palabras de Arendt son estremecedoras: “El sueño moderno de la Policía totalitaria, con sus técnicas modernas, es incomparablemente más terrible. Ahora, la Policía sueña con que una mirada al gigantesco mapa en la pared de un despacho baste en cualquier momento para determinar quién está relacionado con quién y en qué grado de intimidad, y, teóricamente, este sueño no es irrealizable aunque su ejecución técnica esté llamada a ser algo difícil. Si este mapa existiera realmente, ningún recuerdo se alzaría en el camino de la reivindicación totalitaria de la dominación. Semejante mapa podría hacer borrar a las personas sin dejar rastros, como si nunca hubieran existido” (7). Al totalitarismo no le basta con eliminar físicamente a los indeseables: necesita, para satisfacer su sed de dominación totalitaria, borrar su historia.

(1) HANNAH ARENDT: “Los orígenes del totalitarismo”, editorial Taurus, Madrid, versión española de Guillermo Solana, 1974, pág. 517.
(2) Ibídem, pág. 518.
(3) Ibídem, pág. 521.
(4) Ibídem, pág. 524.
(5) Ibídem, pág. 526.
(6) Ibídem, pág. 526.
(7) Ibídem, pág. 528.

hkruse@fibertel.com.ar

 
 
 


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